¡DIOS NO MUERE... ! EDITORIAL DE ANTONIO MOLINA CASTRO SOBRE LO QUE SUCEDE EN NICARAGUA
El obispo de Matagalpa implora a Dios en la calle que cese el asedio, finalmente está secuestrado en la casa arzobispal donde reside, bajo control policial y sin explicarse de qué se lo acusa.
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¡Dios no muere!...
Por ANTONIO MOLINA
Así como el narcoterrorismo cree que con balas se mata las ideas y por eso asesina a periodistas, las dictaduras marxistas –también narcotizadas-- consideran que “la religión es el opio de los pueblos” y que por eso deben silenciar su voz terrenal y sus plegarias al cielo; sin embargo, buscan apropiarse del mensajero haciendo suyo el mensaje de amor y esperanza, que nace de la fe cristiana.
Me explico: el dictador marxista Daniel Ortega –quien con toda su familia está en el poder desde el 2007, hasta la fecha--, haciendo gala de una perturbadora lucidez, pretende que el sandinismo, que él encarna y dirige en Nicaragua, se convierta en la nueva religión de esa nación centroamericana, donde un 58,5 por ciento de los 6,5 millones de habitantes es católico y un 19,4 es cristiano evangélico protestante. Cree que el punto de partida para su propósito es el apoyo que un día le dio la Teología de la Liberación cuando el sandinismo triunfante entró a Managua en julio de 1979.
Religión y revolución se hicieron un solo panfleto, los templos se convirtieron en espacios de vivos diálogos intelectuales, entre la gente de los barrios marginales y los sacerdotes guerrilleros comprometidos. Es que por primera vez desde hacía mucho tiempo, una sección humilde de la Iglesia fijó su objetivo en la salvación material de los pobres sobre la salvación espiritual, consecuentemente, la revolución también fue religiosa.
En 1968 en Medellín, Colombia, durante la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (CELAM), aparecen los primeros documentos relativos a la Teología de la Liberación incorporando el marxismo a la religión, inoculando su objetivo revolucionario a la misma. Los jóvenes sacerdotes de entonces serían sus abanderados y los encargados de expandirla frente al anquilosamiento de la veterana jerarquía eclesiástica. Uno de sus exponentes, el poeta Ernesto Cardenal, nos dice: “Lo que más nos radicalizó políticamente fue el Evangelio. Todos los domingos en la misa comentábamos con los campesinos en forma de diálogo el Evangelio, y ellos con admirable sencillez y profundidad teológica comenzaron a entender la esencia del mensaje evangélico: el anuncio del reino de Dios. Esto es: el establecimiento en la tierra de una sociedad justa, sin explotadores ni explotados, con todos los bienes en común, como la sociedad que vivieron los primeros cristianos”. Sin embargo, su afinidad con el sandinismo y su mensaje revolucionario, pronto les pasó factura. Somoza inició una represión brutal, llegando a torturar y encerrar a muchos clérigos, como ahora lo hace Ortega, olvidándose que “la vaca fue ternera”.
Esto es historia del ayer, pero en la reciente hay otro relato. La protesta estudiantil del 2018 dejó más de 500 entre muertos y desaparecido y montó una represión única a la que todos los “nica” están expuestos. La iglesia católica acogió a estudiantes de la UNAN (Universidad Nacional de Nicaragua), a políticos y líderes comunitarios perseguidos, y lo hizo –y lo hace aún-- por amor solidario y NO por mandato libertario. El “debate social” de ayer en los templos se vuelve hoy en reclamo a gritos por la vida, la libertad y el respeto a la dignidad, desde los púlpitos. Chocan Sandinismo e Iglesia, se torna insostenible el amor que promueve ella frente al poder que ejerce Ortega, tan criminal como los Somoza, Chávez o Pinochet.
Ortega quiere convertir a Cristo en marxista empedernido, así como Correa pretendió hacer con Eloy Alfaro. Ambos carecen de un fundamento espiritual para la doctrina política que proclaman. Piensan en el hombre como animal puro, que luego lo convierten en borrego restándole esa capacidad única que lo distingue entre las especies que pueblan el mundo: su capacidad de razonar, de crear y sostener ideas, amarlas, quererlas y defenderlas hasta con la propia vida.
Expulsó del país al Nuncio Apostólico y a toda una congregación de monjas de las Madres de la Caridad que integró la madre Teresa de Calcuta; mantiene apresados a dos sacerdotes que investiga por decir homilías “soliviantadoras” del orden; secuestrado al Obispo de Matagalpa, en el edificio de la Curia cercado por la Policía, la que impide las procesiones. Ortega y su familia se resisten entender que la Iglesia no puede ni debe avalar crímenes, desapariciones, secuestros, ni torturas en las mazmorras del “Chipote”, donde una cucaracha vale más que la vida de un ser humano.
Estas aberraciones son condenadas por más de 25 ex presidentes constitucionales de América Latina, quienes le piden al Papa Francisco que “haga algo” por la Iglesia de Nicaragua, y él se desentiende diciendo que trabaja en un “proyecto diplomático” para enfrentar la situación, donde Ortega pretende santificar sus crímenes, apoyándose en el extravío de la Teoría de la Liberación, como diciendo --entre dientes-- que Dios no existe, porque el sandinismo ya es una religión para los revolucionarios nicaragüenses.

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